Crecer en la adversidad

Seguro que a lo largo de nuestra vida todos nosotros hemos conocido u oído testimonios de personas que a pesar de haber vivido situaciones adversas o altamente estresantes que suponían un importante cambio en sus vidas como perder a un ser querido, padecer una enfermedad, tener una ruptura sentimental o perder su trabajo han conseguido adaptarse a los cambios. Es decir, encajarlos, superarlos y seguir viviendo incluso a un nivel superior, como si hubieran aprendido y crecido a partir de esa experiencia. A este tipo de personas se las conoce como resilientes.

Pero, ¿qué es exactamente la resiliencia? ¿Qué características tiene una persona resiliente? ¿Qué diferencia a una persona resiliente de la que no lo es? ¿Se nace siendo resiliente o se puede aprender a serlo?

La resiliencia se define como la capacidad que tienen las personas para atravesar situaciones difíciles y condiciones adversas, superarlas y salir fortalecidas de ellas. Cabe destacar que ser resiliente no significa no sentir malestar, tristeza, culpa, ira o confusión ante las adversidades, sino experimentar estas emociones sin dejar que se vuelvan permanentes o que le sobrepasen. La investigación ha demostrado que las personas resilientes conciben y afrontan la vida de un modo más optimista, entusiasta y enérgico. Son personas curiosas y abiertas a nuevas experiencias caracterizadas por experimentar un mayor número de emociones positivas. Y si bien podría pensarse que estas personas experimentan emociones positivas por el hecho de ser resilientes, se ha visto que estas utilizan las emociones positivas como estrategia de afrontamiento ante las situaciones adversas.

Por el contrario, las personas no resilientes atribuyen las dificultades a los demás, a la mala suerte o a la injusticia, de forma que no dan ningún paso para superarlas. Son personas más inflexibles a las que les cuesta adaptarse a los cambios constantes. Normalmente, no confían en sus propios recursos para superar las dificultades, por lo que consideran los problemas como amenazas con las que hay que acabar lo antes posible. Asimismo, dejan que sus emociones les embarguen impidiéndoles pensar de forma realista. También son personas más vulnerables a poder sufrir un episodio depresivo.

Mejorar las relaciones sociales: Dedicar tiempo a las amistades y tener buenas relaciones familiares con las que se pueda contar cuando se encuentre en una situación difícil.

Usar un pensamiento constructivo: Ante una dificultad, pararse a pensar: ¿Cuál es el problema? ¿Qué puedo hacer para mejorar esta situación? ¿Qué consideraría un resultado satisfactorio? Es importante interpretar las situaciones de forma realista. Es decir, no ver los problemas o las crisis como catástrofes terribles e insoportables que durarán para siempre, sino como retos a superar. Del mismo modo, nos ayudaría tener una perspectiva amplia y flexible a la hora de buscar posibles soluciones.

Plantearse metas y objetivos aceptando la realidad: Las metas establecidas deben ser realistas, pues quién se niega a aceptar la realidad nunca podrá cambiarla. Por ejemplo, ante una situación irreversible como perder a un ser querido o padecer una enfermedad crónica, la solución no puede consistir en salir de esa situación. Sería importante que empezáramos a considerar que hay situaciones que no podemos cambiar, o que de hacerlo, se necesita algún tiempo para observar los cambios. En estos casos es importante dar pequeños pasos en la dirección hacia la que se desea avanzar.

Actuar: Una vez elegidas las posibles soluciones u objetivos a conseguir es hora de actuar. No importa que al principio no se obtengan los resultados esperados, aunque si la situación se prolonga en el tiempo sería conveniente analizar qué cosas se están haciendo mal o qué más se podría hacer, y cambiar la estrategia.

Confiar en uno mismo: A veces un problema parece tan difícil de resolver que pensamos que será imposible hacerlo. Este modo de pensar puede conducir a un sentimiento de impotencia o indefensión, haciéndonos creer que no hay nada que nosotros podamos hacer para cambiar la situación en la que nos encontramos. Para evitar sumirse en esos sentimientos de desesperanza, resulta esencial confiar en las capacidades y recursos propios para hacer frente a las dificultades.

Ser optimista: Implica esperar que ocurran cosas buenas en su vida. Creer que eres capaz de controlar tu vida y llevar a cabo los cambios necesarios para que la situación mejore en el futuro.

Aprender de las adversidades: Por supuesto, a nadie le gusta que ocurran cosas malas, pero si ocurren, al menos pueden aprovecharse para aprender algo de ellas. Esto es posible si los problemas o las crisis se conciben como retos que se presentan en la vida y que empujan a sacar lo mejor de uno mismo, a ser fuerte, a pensar y buscar soluciones, a actuar. A menudo nos obligan a cambiar la forma en la que percibimos, haciendo que seamos más flexibles, maduros y realistas. También puede ocurrir que tras situaciones altamente estresantes, las personas cambien su sistema de valores o sus prioridades valorando en mayor medida a las personas que les rodean.
Entrenar la resiliencia no es fácil, implica experimentar malestar, estrés y hacer un esfuerzo consciente para cambiar formas de percibir, pensar y actuar. No obstante, con un poco de práctica y esfuerzo se puede afrontar las situaciones difíciles y aprender de ellas.

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