El 75 % de los adolescentes duermen menos de 8 horas de media en una noche escolar

Foto: Engin_Akyurt / Pixabay

Kyla Wahlstrom, investigadora de la Facultad de Educación y Desarrollo Humano de la Universidad de Minnesota, lleva varios años defendiendo que se atrase el horario del inicio de las clases en los institutos con el fin de mejorar el rendimiento académico de los estudiantes.

En sus declaraciones, explica que el cerebro de los adolescentes empieza a liberar melatonina entre dos y tres horas más tarde que el de los adultos; y que los jóvenes necesitan más horas de sueño, lo que les dificulta madrugar para acudir al instituto.

En 2014, Wahlstrom y su equipo de investigación iniciaron un estudio en el que participaron 9.000 estudiantes de ocho escuelas de secundaria y que les permitió concluir que las tasas de asistencia aumentaron cuando las clases empezaban más tarde de las 8:35 de la mañana.

Por su parte, varios departamentos de la Universidad de Texas decidieron examinar la asociación entre la falta de sueño y la ideación suicida entre adolescentes. Su estudio concluye que la falta de sueño en los adolescentes puede elevar la tasa de suicidio.

Tras analizar una muestra de 13.659 adolescentes de 14 a 18 años (51,8 % mujeres), se observó que tres de cada cuatro adolescentes (75,2 %) no durmieron lo suficiente en una noche escolar promedio y que las probabilidades de experimentar ideación suicida fueron 1,35 veces mayores entre los adolescentes que no dormían lo suficiente, en comparación con aquellos que sí dormían lo recomendado para una noche escolar.

Además de estos trabajos, son varios los expertos que han investigado acerca de los efectos adversos de la falta de sueño en la salud de los adolescentes. No dormir lo suficiente puede afectar negativamente en la salud física de los adolescentes (Paiva et al., 2015; Shochat et al., 2014) y en el bienestar de la salud mental (Baiden et al., 2015; Roberts et al., 2009; Talbot et al., 2010), provocar falta de concentración en clase (Lufi et al., 2011) y bajo rendimiento académico (Dewald et al., 2010; Owens et al., 2014) e, incluso, provocar problemas de conducción (Garner et al., 2017).

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