¿Cómo pueden los clubes acabar con la violencia en el fútbol?

El club de fútbol administra las entradas de su afición y puede (¡y debe!) poner coto a los violentos que, arropados por la bandera de un equipo y la masa de compinches que les acompañan (“manadas”, en definitiva), dan rienda suelta a sus ganas de camorra. Sin embargo, el club no puede disolver una peña, tal como dijo Miguel A. Gil Marín, consejero delegado del Atlético de Madrid. Lo único que puede hacer es cerrarles el grifo y acabar con las facilidades que hasta ahora la mayoría de clubes siguen prestando a estos… “aficionados”.

Manada de violentosSon los clubes los primeros que deben formar esa avanzadilla contra los violentos. Como he dicho, deben privarles de las comodidades de las que disfrutan en muchos estadios. Se pude hacer y se ha hecho: el primero fue Joan Laporta, quien acabó con la presencia de los Boixos Nois en el Camp Nou. Este estadio continuó animando como siempre aunque con menos insultos. Todo siguió (y sigue) igual…. Bueno, todo no, porque Laporta sufrió el acoso de los violentos durante una temporada. Sin embargo, estoy seguro de que le valió la pena.

Una vez los clubes les cierran su particular patio de recreo, la Administración debe estar atenta a todos los movimientos de los grupos de violentos. No puede ser que un encuentro entre Deportivo y Atlético de Madrid no sea declarado de alto riesgo, teniendo en cuenta que ambos equipos tienen a los Riazor Blues y Frente Atlético como “seguidores”.

Lamentablemente, casi todos los equipos de primera tienen algún que otro grupo que esto del fútbol, en realidad, les importa bien poco. Entonces, ¿qué hacemos? ¿Cortamos sólo un par de cabezas de la hidra y se acabó? No, se debe cerrar la puerta a los violentos y controlarlos, que jamás puedan pisar un estadio de fútbol si tienen antecedentes violentos y reconvertir los espacios que antes ocupaban para dar cabida a personas que deseen disfrutar del fútbol a precios populares (si lo consideran oportuno) o promover la creación de gradas jóvenes.

Sin embargo, las manadas de violentos no desaparecerán, seguirán existiendo aunque se les aleje de los estadios. Emigrarán a otros lugares y buscarán otras víctimas. La sociedad en su conjunto es la única que puede de verdad disolverlas empezando, por lo pronto, por señalarlos públicamente y reprobar su comportamiento. Luego viene la labor educativa pero esto… ya es otro asunto con su particular complicación.

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