Esos padres de niños futbolistas…

Con “padres de niños futbolistas” me refiero a los que acompañan cada fin de semana a sus hijos en los partidos de alevines, infantiles, cadetes, etc. Los hay que desean que sus hijos hagan deporte y se formen como personas; otros quieren que sean el nuevo Messi…

Como ex niño futbolista he visto todo tipo de comportamientos, tanto dentro como fuera del terreno de juego. En muchos casos, y ya joven, entendía la relación directa que había entre ambos, aunque estuvieran distanciados por un muro.

Me sorprendía ver al padre de turno corriendo la banda, como si de un extremo se tratase, para seguir dando instrucciones a su hijo en carrera.

¡Juega bien pero, sobre todo, ganaaaa!

¡Juega bien pero, sobre todo, ganaaaa!

Otro tipo de padre, el más habitual, era el que yo llamaba “padre hooligan”, ese al que la calidad futbolística de su hijo era tan importante como cobrar a fin de mes pero que, además, le iba la vida con que su equipo ganara. Y si no lo hacía se debía al árbitro o a que el resto de compañeros de su hijo no daba la talla.

La mitad de insultos que conozco actualmente los aprendí en aquella época, gracias en gran parte a esos padres… o a sus hijos, claro. Mi léxico se enriquecía sobre todo en los partidos al que le tocaba al pobre árbitro recibir toda clase de improperios. Y ahora, mirando atrás, me entristece recordar que en muchos casos, el árbitro no llegaba a los 20 años. Todo un adulto, para el niño futbolista que yo era, pero un niño para el adulto que soy ahora. Pero eso daba igual, no era importante para algunos padres: no pitar una falta o un fuera de juego era motivo más que suficiente para no respetar ni la Convención de Viena. ¿Y sus hijos futbolistas? Jugando a mi lado y escuchando y aprendiendo nuevo léxico y valores.

Y lo cierto es que un muy pequeño porcentaje de niños futbolistas llegan a ser profesionales del deporte rey y menos aún los que llegan a primera división. Sin embargo, este dato queda en el olvido para muchos padres en cuanto oyen el pitido inicial del árbitro, momento en el que les invade el espíritu del increíble Hulk y ya no hay quien les controle.

Tristemente, he tenido oportunidad de asistir a algún que otro match de infantiles y he visto que los patéticos ejemplos de “padres hooligan” siguen existiendo.

Además, si a los nervios y ansiedad que sufren unimos las difíciles circunstancias que viven muchos de ellos por la crisis y problemas derivados, el resultado es un cóctel explosivo.

Y no quiero cerrar este comentario sin olvidarme de los otros protagonistas de esta historia: los niños futbolistas con padres de nervio fácil. ¡Pobres de ellos si han hecho un mal partido! Si se da el caso, puede caerles una buena bronca, tan grande como si hubieran suspendido por no estudiar o hubieran hecho alguna fechoría. Y la aceptarán con resignación, como algo natural y normal cuando no lo es.

Espero que los que ahora son niños futbolistas con ese tipo de padres no reproduzcan, el día de mañana, el mismo comportamiento desquiciado. Lo tienen fácil: si quieren gritar, que lo hagan, pero para animar.

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