Honoris Causa

13 julio, 2017

El emperador Federico II de Alemania quiso poseer la ciencia del derecho, que sólo les pertenecía por tradición a los doctores, asesores de su corte. Su empeño consiguió alterar la costumbre y crear un nuevo legado que se trasmitiría de universidad en universidad. Federico II fue investido en el siglo XII doctor por causa de honor en la Universidad de Bolonia.

La «ley viviente» había conseguido también un reconocimiento a su dignidad. Este es el origen de una tradición temprana, que se extendió a París, y, siglo a siglo, por toda Europa hasta coronar con miles de birretes miles de coronillas. En la gloria de las más prestigiosas universidades resuenan nombres con aire de historia. En la Complutense, a modo de ejemplo, relatan con orgullo a Erasmo de Rotterdam, Ian Fleming, o Albert Einstein. En pleno siglo XX, precipitada la historia, se sacuden uno a uno los nombramientos. Personalidades investidas «honoris causa» por las causas más variadas.

En general, los criterios para conceder esta distinción se dividen en dos tipos. En un primer apartado se podrían agrupar aquellos nombramientos en virtud del reconomiento a un largo trabajo científico. Por otro lado, se recogerían todas aquellas personalidades con sus grandes aportaciones al mundo del arte, de la política, de la música… En definitiva, un premio abierto a todo el mundo, en el que cualquier excusa «unánime» es válida. Porque, eso sí, para su nombramiento, un doctor «honoris causa» requiere que todos los miembros de la Junta de Gobierno de una universidad le den el visto bueno, para que no le ocurra lo que a Franco, a quien un «osado» catedrático le dejó en los años 50 sin distinción.

Las propuestas de nombramiento parten de la comunidad universitaria, en un 90% de los casos de algún departamento. Luego, en un proceso de extensión diversa, según el caso, será aprobado por diferentes órganos universitarios. Y, si todo sigue adelante, llega la parafernalia. El acto de lujo, con los cantos y el «gaudeamus igitur» de rigor, la beca del color de la facultad, el eterno birrete, la togata negra, el padrino y su discurso de loas, el rector que toma la palabra y se la pasa al homenajeado, que se dirige emocionado al público, muy serio, que llena el salón de actos para la ocasión. Luego vienen las copas y los canapés, pero eso queda menos bonito.

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