El homosexual callejero

29 mayo, 2017

COGAM, el Colectivo Gay de Madrid, miembro de la Asociación Internacional de Lesbianas y Gais, y de los frentes de Liberación Homosexual del Estado Español, van a celebrar unas jornadas en junio, en el Círculo de Bellas Artes. Hacen una revista trimestral y dan fiestas en la discoteca Ales. Su revista se vende en Alemania. Es una publicación, Entiendees…?, que está entre la reivindicación tranquila y la difusión sin proselitismo. El madrileño tiene del homosexual la imagen distante y borrosa de esos grupos de susurro que se ven por el Retiro y Ventas, por Atocha y la Estación Sur, por Virgen del Puerto y el Templo de Debod, en discotecas como Sachas, cines como Carretas, los domingos en el Rastro y así.


Quiere decirse que el homosexual callejero ha llegado a formar parte del neocostumbrismo español. Se le acepta/ignora, pero nunca le dedicamos una meditación que vaya más allá del chiste ni profundizamos en su caso humano ni en su demografía real. Y esa reflexión hace falta, más en un país como el nuestro, que «es cosa de hombres», como el coñac, para que el homosexual no se convierta en nuestro judío, como lo ha sido en las dictaduras de derechas e izquierdas. Superadas las discriminaciones racistas, una discriminación sexual sigue latente en las sociedades democráticas y permisivas. Así, el homosexual asimilado lo es siempre por otra cosa: por su éxito social, profesional, artístico, o por su dinero.

Contra el homosexual lumpem se levanta en seguida la castidad nacional. Y lo que condenamos entonces no es al lumpem, sino al homosexual, contra lo que nos diga nuestra conciencia hipócrita. Del mismo modo, en el mendigo rechazamos vicios que nosotros mismos le atribuimos gratuita y apresuradamente, callando así el escándalo de la miseria, que nos atañe. La simetría judío/homosexual, desde la conducta burguesa, es casi absoluta. Y esto puede hacerse extensivo a otras razas, coma la árabe. Asimilamos al judío millonario o famoso, rechazamos al argelino menesteroso que borda de miseria las estaciones madrileñas. Quiere decirse que no hemos superado (qué palabra) ni asimilado nada.
El judío, el homosexual y la puta necesitan el éxito para respirar en sociedad como nosotros el oxígeno. Fuera del círculo iluminado del éxito les seguimos detestando. No tienen derecho a una vida particular y cotidiana, como nosotros. Y ésa sería su gran conquista, precisamente, y no el éxito: la de la cotidianidad no recelosa, suspicaz e hiriente. Se puede (se podía hasta hace poco) ser comunista de salón, e incluso quedaba bien.
Al comunista de boina le hemos seguido llamando «la horda», como cuando la guerra. Según el «humanismo impenitente» de Fernando Savater (Anagrama), que viene a coincidir curiosamente con el humanismo existencialista de Sartre, «somos lo que hacemos». Pero estamos en una cultura inmanentista que come de sus prejuicios, y los llama valores. Miguel Angel Buonarroti, ahora biografiado brillantemente por Luis Antonio de Villena, no es sino un gay que preside la cristiandad universal desde la Capilla Sixtina, a través de los siglos. Si hubiese sido un mal pintor, no habría pasado de maricona renacentista. Las razas malditas las creamos nosotros. No es que se prohiba lo maldito, sino que es maldito porque lo prohibimos, como la droga hoy y antes el alcohol.
El toro es asesino porque se le torea, y no a la inversa. Tanto ignoramos del homoerotismo que ni siquiera hemos advertido en la relación hombre/hombre, mujer/mujer, el esquema de la pareja macho/hembra, que se repite siempre y en todo. Proust estudió en las flores esto que estaba tan estudiado (pero no tan primorosamente) por la botánica y por Mutis o Goethe. La dualidad es el anagrama del universo y está bordado en todas las especies animales y vegetales. A partir de la evidencia, ya que no, ay, de la generosidad, debiéramos empezar a entendernos todos con todos.

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