Dos meses en una cueva de Lérida

28 mayo, 2017

Anímicamente, estoy jodido pero fisícamente me encuentro un poco mejor de lo que esperaba. Emilio Reyes, el espeleólogo catalán que intentaba permanecer aislado bajo tierra durante 375 días, salió a las 10.15 de ayer de la cueva de Anas, en el Pirineo de Lérida. Tras 69 días, Reyes y el equipo médico que le atendía decidieron acabar con la aventura. Los doctores Antoni Díaz y Josep de Aro penetraron ayer a las cinco de la tarde en la cueva donde se encontraba el espeleólogo y le realizaron el reconocimiento médico y un test psicológico, cuyo principal objetivo era comprobar el estado de Reyes y dar por terminada su aventura.

El espeleólogo también habló con su novia, Josefina Membrilla, que bajó a la cueva con otros tres espeleólogos y los médicos. La charla fue determinante. Se rompió el aislamiento. A su salida de la cueva de Anas, Emilio Reyes presentaba mal aspecto. No tenía ganas de hablar pero, ante la insistencia de los periodistas, describió algunas de sus experiencias. Hace unos veinte días -relató Reyes, empecé a perder el hambre y tuve un bajón de moral. Sobre la posibilidad de haber aguantado más tiempo, el espeleólogo afirmó que tal vez podría haber estado más días pero en malas condiciones. Emilio Reyes defendió, a pesar de todo, lo positivo de su experiencia. Dijo que había sido una lección en humanidad, puesto que durante su estancia en la cueva había aprendido a valorar a la gente. Su novia había dicho con anterioridad que ella estaba deseando que termine la estancia de Emilio en la cueva.
Uno de los médicos que ha estado en contacto con el espeleólogo manifestó que la larga estancia bajo tierra no le producirá secuelas. Transcurridos unos días, sólo sentirá problemas psicológicos a causa del recuerdo. Luego, desaparecerán. Antes de entrar en la cueva hace dos meses y medio, Reyes ya había avisado que desconocía los posibles efectos de un reto de tal envergadura. Comentó en esa ocasión que era prácticamente imprevisible saber cuál será mi reacción después de todo este tiempo que voy a permanecer aislado. Reyes ha perdido doce kilos desde aquel 18 de febrero en el que se internó en el interior de la cueva de Anas en el Pirineo de Lérida y todavía no ha conseguido recuperar el apetito. Unicamente tomaba zumos de frutas y cafés con leche; todo lo demás le produce naúseas y vómitos, indicaron miembros de la Operación 9.000, de la Federación catalana de Espeleología. Durante los 69 días de aislamiento total con el exterior, únicamente disponía de un ordenador para transmitir y recibir mensajes y de un teléfono unidireccional por el que no podía escuchar ninguna voz humana. Emilio Reyes ha acumulado en este periodo un desfase cronológico de 18 días, que le ha provocado una profunda depresión. El pasado miércoles 25 de abril pensaba que la fecha real era el 8 de abril.
Los médicos dijeron ayer que su mal estado físico es algo previsible en este tipo de experiencias. Aunque no es grave, sí que es cierto que se encuentra bastante deteriorado, afirmaron. El equipo médico de Operación 9.000 ha recomendado a Reyes que durante una semana mantenga reposo, con el objetivo de recuperar fuerzas. El deseo de abandonar la cueva de Anas fue transmitido por el espeleólogo el pasado 18 de abril a su compañera. El equipo científico intentó que reconsiderara su posición, lo cual no ha sido posible debido a su estado depresivo y a la ansiedad de hablar con alguien y no a través del ordenador. El pasado jueves el equipo que controlaba la prueba, formado por médicos, espeleólogos y diversos científicos, optó por renunciar ante las grave crisis que padece Emilio Reyes. Este equipo ha controlado a Reyes, entre otros medios, por un sistema de circuito cerrado de televisión. Reyes sufrió anteriormente otras dos depresiones, provocadas por los desajustes en los ritmos biológicos de su organismo. Sin embargo, los síntomas de Reyes se agudizaron considerablemente hasta padecer ansiedad, tristeza vital y autodesprecio. Con esta experiencia se pretendía estudiar la forma en la que reacciona un ser humano ante la ausencia total de las influencias cosmoclimáticas de un posible viaje a Marte: sin ver la luz del día ni tener referencia del paso del tiempo.

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