Las venus de playa

14 mayo, 2017

Quizá porque Cupido es el compañero de los holgazanes, según dice Ovidio, y el verano invita a la holganza, yo estaba en la playa de los murmullos y de las sombras pegajosas y me enamoré de ti. Tú te acercabas y te alejabas de mi castillo de arena, siempre con una lata de cerveza en la mano. Tenías el aura de los aceites playeros, ibas, como una vigilanta de la playa, resplandeciente y juvenil, y sin poderlo evitar, mis miradas se posaban en tu pelo rubio, en tus ojos azules, en tu croquis de dríade pizpireta, o náyade, qué más da que aquí no haya bosques ni ríos, el asunto es que recorría tu poderosa curvatura como si fueran mis ondas visuales el fórmula de Fittipaldi. Qué cuerpo tenías, y tendrás aún, imagino, porque ya no te he vuelto a ver. Avanzabas por la tarima como una venus electrónica, con tu casete pinceado en el tanga y los cascos marcianos en tus orejas. Se extasiaba el personal en tus andares de mazagata orgullosa. Se marchitaban los ojos alucinados de los sufridos madrileños, fijos en tu cuello largo, a lo Pitita Ridruejo, y en tu mirada marfloresca de tintes ya aristocráticos, y en tus pechos obregones, borrachos de silicona y de melazas cimbreantes.

Allá que iba tu fisonomía, taconeando con los callos desnudos por la madera, y en las mentes de la plebe torrada martilleaba el sonsonete angustioso de lo imposible: «¡Qué estilismo corporal! ¡cuántas horas de gimnasio! ¡qué lineales pistoleras! ¡qué glúteos de almohadilla!» Una angustia de deseos insomnes se extendía por las hamacas humeantes. Y tú seguías el trasiego de la pasarela, de la playa al chiringuito, del velador a las arenas, con los ojos quietos en las dunas lejanas, con tu orgullo filipino y dos lacitos que sostenían los gigantescos pezones, apenas arropados, culpables delincuentes de la lujuria pública que se barruntaba en el viento. Pero tú, ante las miradas libidinosas, te mantenías altiva, como una Guermantes en pelotas frente a la jofaina. Yo te veía, y se me abrasaba el espesor de la sangre, los dedos se me volvían pezuñas de Zeus, se me ponía cara de fauno y oía el ras ras de la marea y el canto de la Niña Pastori en la radio y sentía brotar la primavera en mi paisaje invernal, despertarse la hombría, y querría cargar contra ti como si fueras la moruna y yo el Cid, aunque no para echarte de la playa. Ah, tiránica belleza de quirófano, yo te deseaba.

No me importaba que fueras una mujer anuncio de la Clínica Venus de Milo, que llevaras el cartel pegado en la espalda con la típica frase publicitaria: «Le hacemos el cuerpo que quiera, sea Venus». No me importaba que tuvieras un palmo hecho de retales selectos. Que tus pechos fueran como los de Pamela, tus morros como los de Melanie, tus lentillas azules o tu nariz a lo Jesulina y tu resuello clon del de Rociíto. Yo pensaba en ti olvidando tus génesis quirúrgicas. Tu barroquismo artificial incluso me daba un morbo anhelante, y sólo pensaba en acceder al reclamo de la faldilla del anuncio de tu espalda: «Y para el hombre, Clínica Apolo de Belvedere, hágase digno de Venus». Sé que algún día iré a Madrid, a pedir a tu creador que me haga digno de tu cuerpo, a ser una especie de bello Frankenstein, el culo de Banderas, los ojos de Mel, los labios de Brad, y así. Eso es, digno de ti. Luego pasearemos juntos por la playa, con nuestros carteles en la espalda anunciando las clínicas, nuevos Dafnis y Cloe del dos mil, seremos dos monstruos hermosos que ya no se acuerdan de su nombre.

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