Enamorado de María

6 mayo, 2017

Cada mañana me despertaba con la ansiedad de los 19 años. Me vestía deprisa y me agazapaba tras las rendijas de la persiana de madera del despacho de mi padre y allí esperaba con la mirada fija en la esquina de la calle Goya por donde inexorablemente pasaría con sus libros de Derecho bajo el brazo la chica de mis sueños. Eran los primeros días de la primavera de 1963 y se acababa de estrenar «West Side Story». Ella no era morena como Natalie Wood, y aunque se recogía el moño como Kim Novak en «Vértigo», recordaba más el talante apacible de Vera Miles y tenía un algo enfermizo de la Geraldine Page de «Verano y humo». Unas semanas atrás convalecía yo de una enojosa operación de apendicitis y la chica rubia del jersey negro de cuello alto me había visitado en el sanatorio.


No se llamaba María, aunque María andaba por allí cerca, pero aquel nombre que tantas veces repetía Richard Beymer con una voz prestada, entre travellings y grúas, transparencias y picados, del gimnasio a las calles de Nueva York, venía como anillo al dedo a aquel amor platónico del último año de mi adolescencia. La chica de la calle Goya nunca me hizo caso. Cuando finalmente la veía pasar oculto en la ventana de una habitación a oscuras, con el abrigo puesto y la carpeta en la mano, bajaba las escaleras de tres en tres y corriendo sin que ella me viera, la alcanzaba a medio camino de la boca del metro, fingiendo que nos encontrábamos por casualidad.
Y todas las mañanas íbamos juntos a la Facultad sin saber qué decirnos, sin encontrar conversación posible. Salimos dos tardes al cine («Una vez a la semana» y «Romanoff y Julieta»), pero el hielo nunca se derritió. Como cada vez estaba más enamorado de aquella esfinge de mi clase, al llegar las vacaciones me declaré. Me hizo esperar un largo fin de semana para darme calabazas. Pero ahora, cuando ha muerto Leonard Bernstein, y han vuelto a sonar en mis oídos las canciones de aquella película, me han invadido aquellos sentimientos blandengues, inconfesables, pero tan ciertos como otras amarguras, otros amores, otros fracasos de los 27 años que han pasado desde entonces.

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