La adrenalina del grafiti

7 marzo, 2017

El subidón es siempre el mismo. Da igual pringarse con el posca, colocarse con el aerosol o que se rompa la plantilla con las prisas. El anonimato, la clandestinidad y el riesgo de pasar una noche en calabozo ponen. En el barrio empiezan a reconocer el bombardeo de firmas, los diseños, los enigmáticos carteles…

Aparecen fans que imitan la tipografía y cuelgan fotos de las paredes en sus blogs. Todo el mundo habla de sus trabajo y nadie les conoce. Los pedantes y los medios les tratan como artistas urbanos. Pero para ellos esta etiqueta es una tontería. Son grafiteros o, lo que es lo mismo, delincuentes, vándalos, parias… pero sus firmas están en todas partes y no pueden dejar de patear la calle.

Aun sin que nadie haya visto su rostro, el británico Banksy es el más visible de un movimiento que, en sus más de 40 años de actividad, ha sabido mutar hasta alcanzar un grado de complejidad estética a la altura de las manifestaciones artísticas más estilizadas. La atención mediática que ha conseguido captar ha sido decisiva. Lo último fue el estreno de su película Exit Through the Gift Shop, no sólo un documental sobre los principales representantes del mundillo a nivel global (Space Invaders, Shepard Fairey…), sino toda una reflexión sobre la dinámica esquizofrénica del mercado del arte.

«Estoy cada vez menos sorprendido, siempre hay un más allá con este tío», confiesa Javier Abarca, antiguo grafitero reconvertido en profesor universitario que imparte una asignatura sobre arte en el espacio público en la Universidad Complutense. En su página web urbanio.es este doctor en Bellas Artes de 37 años analiza desde una perspectiva histórica y estética el fenómeno del grafiti.

El especialista distingue entre dos disciplinas: el grafiti, propiamente dicho, y el posgrafiti. «Esta cultura es muy sectaria, el único público para el que lo producen son otros escritores de grafiti. Surgió en Nueva York en 1968, y en 1973 tomó forma totalmente. Desde entonces se han ido repitiendo los mismos recursos gráficos que se inventaron en ese momento», explica. Básicamente, consiste en taguear (firmar con rotulador o aerosol) más que nadie.

El posgrafiti, en cambio, se vuelve más complejo en sus planteamientos, implica al espectador a través de elaborados juegos con el contexto. «Surge cuando la gente que estudia en las escuelas de arte encuentra en el grafiti y en otras manifestaciones callejeras una vía de comunicación con el público, con un lenguaje que todos pueden entender, distintos materiales y sin reglas claras», comenta Abarca. El posgrafiti pierde el sentido territorial y críptico del grafiti y llega a más gente.
«Para ser writer, no se necesita más que un par de huevos taurinos. Para ser original, hay que tener más». Rapero, grafitero, diseñador… Sozyone es todo un artista multidisciplinar. Español, aunque belga de adopción, fue en las calles de Bruselas donde empezó a meterle caña a las paredes a la tierna edad de 15 años, allá por 1988.

Representa al grafitero clásico. Pertenece a la VltraBoys Crew, colectivo de carácter internacional con sedes en España, Alemania, Bélgica, Singapur y Francia. Los trabajos de Sozyone en los muros son desbordantes. Los colores impregnan toda la pared -a veces de 40 m2-, esbozando rostros de malditos, del lumpen, ex boxeadores con la nariz rota o ladrones de poca monta. «Me gusta hacer lo que hago impulsivamente, sin boceto, es lo que me atrae de salir fuera. Hago tetris con el espacio de la pared para colocar la mirada de un ladrón». Estos cacos fueron hace dos temporadas los elegidos para protagonizar la campaña publicitaria europea de la marca de ropa Carhartt.

Ganarse la vida con diseños para publicidad o dar el salto a las galerías son los sueños de muchos de los grafiteros. Algo que Banksy ilustra magistralmente en su documental con el personaje de Mr. Brainwash. El tipo en cuestión se salta todo el proceso creativo de un artista urbano para ponerse a vender piezas de dudoso gusto como churros. Lo preocupante es que todo es real…

En España, colectivos como los madrileños Boa Mistura o el barcelonés Sixeart representan la vida más allá de las paredes. «No diferenciamos el trabajo clandestino de los encargos remunerados. Éstos nos permiten pagar nuestros alquileres, nuestras facturas y nuestro ritmo de vida. Lo que ahorramos lo invertimos en nuestros proyectos personales que se siguen situando en la calle», dice Pahg, arquitecto que pertenece a Boa Mistura. Los cinco miembros de esta crew tienen formación artística. Cuentan con un estudio en el que han salido proyectos tan variados como la escenografía de la próxima gira de Dani Martín o el diseño de arte del último disco de Pereza.

Aunque nunca ha pasado por las aulas de la facultad, el caso del grafitero barcelonés Sixeart es parecido al de la crew madrileña. Hace dos años empapelaba nada menos que la fachada de la Tate Modern de Londres con una de sus creaciones, dentro de la exposición Street Art. El artista, de 34 años y representante del paso de la vieja a la nueva escuela del grafiti, trabaja en este momento para tres galerías, en Barcelona, Bruselas y Los Ángeles.

Sus figuras, esquemáticas y coloristas, remiten a su propia «percepción de la naturaleza, en el cosmos y en las culturas ancestrales prehispánicas», explica. La etiqueta street artist le incomoda: «Alguien inventó esta palabra para que pudiera caber en cualquier sitio». Y entonces, ¿el requisito para ser un grafitero? «Pasar por el calabozo», concluye.

Un artista que ha hecho de su propio diseño toda una marca es el también barcelonés Pez. Es el único español que aparece en el documental de Banksy. Su inconfundible tiburón sonriente forma ya parte del mobiliario urbano de la Ciudad Condal. «Barcelona es uno de los puntos calientes», afirma Pez, «además, es la ciudad donde se fabrica la pintura Montana, para mí la mejor del planeta».

SAM3 también está, más o menos, vinculado a Banksy. En este caso, en su faceta más comprometida. El artista español participó en el proyecto Santa’s Guetto junto a un grupo de creadores internacionales entre los que se encontraba el británico. La iniciativa consistió en decorar, durante las navidades de 2006, la barrera israelí de Cisjordania con murales reivindicativos.

«Pintar en la calle es, de por sí, un acto político», comenta el grafitero. Sus imponentes propuestas -siluetas negras de tamaño ciclópeo- se encuentran ya más cerca de la intervención artística en el espacio urbano que del tagueo. Por cierto, ¿cómo valora alguien como SAM3 el mercado del arte? «Un conejo muerto para muchas hienas», zanja.

SpY es uno de los creadores (llamémosle) ‘alternativos’ más sugerentes del panorama nacional. Sus intervenciones públicas no dejan a nadie indiferente. Juega con la retórica visual que provoca cualquier objeto en la calle cuando se descontextualiza de su uso. Un ejemplo es este ‘half pipe’ para practicar ‘skate’ reinterpretado como un campo de fútbol. «Muchas de mis piezas son una llamada a la reflexión, bien en términos sociales o como una provocación para el debate», explica.

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