Había sangre tras el cristal

Se merecía eso y mucho más. Había que cortarle los huevos y echárselos a los perros». Las traicioneras espinas del bonito con tomate no le quitan vehemencia a las palabras de José, un albañil de 58 años que apura el sengundo plato en el bar Los Rondeños. «¿Ese tipo? -dice señalando a la televisión- Peor que Hitler y Franco como de aquí a Lima». José, hijo de un teniente del «ejército rojo», lleva a sus espaldas una guerra.

«Mira, mira los restos de metralla en mis piernas», dice mientras se remanga el sucio mono azul, moteado con gotas de pintura blanca. Detrás suyo, la corbata oscura de Nicolae Ceaucescu se ahoga en sangre. Todo el bar vuelve fugazmente la cara hacia el aparato de televisión. El murmullo enloquecedor de esas horas no permite escuchar nada más que la estúpida melodía de la máquina tragaperras. Lúdico epitafio para tan agrias escenas: Ceaucescu saliendo agachado de un carromato militar – Subiéndose la manga para que le tomen la tensión – Sentado junto a Elena, con cara de poker, como diciendo: «Aquí no pasa nada» -

Quitándose la chaqueta y quedándose en chaleco… Tendido junto a unas piedras, los ojos entreabiertos, con un nudo de sangre en el cuello. «Está muy bien “matao”», sentencia Esteban Espinosa, que comparte mantel con José. En la mesa de al lado no se andan muy lejos: «Se lo tenía merecido el nazi ése. Lo malo es que no se lo cargaran un mes antes; se habrían evitado miles de muertos». Pedro Castellot, de 26 años, también volvió la cabeza a los postres para contemplar la ejecución del tirano. El no es partidario de la pena de muerte, pero en este caso se permite una excepción. Lo mismo opina su compañero, Juan Puchau, experto en electrónica: «Es lo menos que podía haberle pasado a este tipo; lo que ha hecho no tiene nombre». Los miembros de la Securitate no dejan de dar coletazos suicidas en la capital rumana – El cadáver de uno de ellos yace con el vientre abierto en una calle de la ciudad – Los ciudadanos escupen sobre él: no hay quien sacie su sed de venganza.

El domingo por la mañana, dos días antes de la muerte del tirano, un diablo con cara de Ceaucescu intentaba asustar a los niños que abarrotaban el guiñol del Retiro. Los pequeños saltaban, reían como locos, reunían globos de mil colores, salían disparados hacia las barcas. A esas horas, en la parroquia del Santísimo Redentor, decenas de niños rumanos lucían crespones negros, Sus padres, largos años condenados al exilio, rezaban por miles vidas acribilladas vilmente, bautizaban al «conducator» como el Nuevo Herodes. Semana junto al lago del Retiro, Ana Pibernal, una anciana entrañable de 69 años, se acordaba de aquella niña abandonada que tuvieron que pasar a hombros por los Pirineos, huyendo de las tropas franquistas. Eran otros tiempos, otra guerra que Ana vivió bien de cerca como enfermera en el frente del Ebro.

Muchas de aquellas escenas de vendas ensangrentadas, cuerpos destrozados por la metralla, han vuelto a su cabeza al contemplar el drama del pueblo rumano. Hombres desnudos, reducidos a los huesos, sobre la mesa camilla de un ambulatorio – Restos de una matanza despiadada de la Securitate en una maternidad de Timisoara – Un feto inerme sobre el cuerpo quemado y putrefacto de su madre… «Es horroroso. A mí, que he pasado parte de mi vida cuidando niños, me espanta ver cosas cómo ésas, un cuerpecito quemado… Eso sólo pueden hacerlo los criminales. Las cárceles aquellas deben ser como los martirios de tiempos de Franco». Ana no es muy optimista sobre eI futuro del pueblo rumano. «No sé, lo veo todo muy enmarañado.

Como estoy tan escarmentada de unos y otros…». Toda la quietud de esta afable anciana, menuda y de pelo corto, se enciende como una mecha cuando oye cosas que las mujeres no hicieron nada en la zona roja. «¡Vaya si no hicimos, tú!», exclama con su acento catalán. «Yo les diría a las mujeres rumanas que sean de mi estirpe, que luchen por la libertad de sus hijos». En otro banco del Retiro, Mercedes y José abren el periódico sin acabar de creerse la sangrienta matanza de Timisoara. Ceaucesu aún no había muerto: «No tiene sentido que pasen por un pelotón de fusilamiento. ¡Que lo metan en una mazmorra y que lo tengan allí encerrado!».

Un petardazo navideño monta un estruendo de órdago en la plaza Mayor. No muy lejos de allí, un niño pequeño se escapa del brazo protector del padre y se lía a tiros con su escopeta de juguete contra el castañero de la esquina. Silbidos de obuses sobre los tejados de Bucarest – Decenas de civiles armados hasta los dientes se parapetan tras un tanque – Una mujer de unos treinta años quedó atrapada en el infierno y yace ahora junto a los cristales rotos de su coche – El palacio presidencial vomita humo negro. En la puerta del Sol no hay disparos, si acaso codazos para llegar al quiosco situado junto a la boca del «metro», uno de esos lugares privilegiados donde se puede comprar el periódico unas horas antes. «¿Ceaucescu? Un hijo de puta, un ladrón, de todo». Montaña Bejarano, de 23 años, y Alberto Ruiz, de 21, no esperan a abrir el periódico para despacharse a gusto. Luis Marcos, de 31 años, aún no había vencido su incredulidad: «Me cuesta creer que toda esta masacre pueda ocurrir a las puertas del. siglo veintiuno. Lo de Draculescu se queda corto».

«Yo siempre había tenido mis dudas sobre este hombre», dice Ernesto Lázaro, de 53 años, viejo militante del PCE junto a Santiago Carrillo y ahora incondicional de Izquierda Unida. «Si de algo ha servido esto es para demostrar que el pueblo unido puede más que todos los dirigentes políticos». Las palabras de Lázaro se perdieron en el aire. Al día siguiente, mientras un tribunal sumarísimo decidía fusilar al dictador, no había un alma en Madrid. En los bares de la plaza de Tirso de Molina enmudecieron los televisores. El único monitor encendido, en un salón de juegos, tenía conectada la segunda cadena. Pasaba del telediario. En un banco de la plaza, tres jóvenes se liaban pacientemente unos «canutos». Sobre ellos pendía una pancarta que ni ellos mismo saben cuánto tiempo lleva allí: «Libertad de Expresión. La UPC».

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